Andamarca, es decir Pallasca, fue pueblo eslabón en la ruta de los Incas por la sierra andina. Por él pasaron los señores del Cuzco -Túpac Yupanqui y Huayna Cápac- escoltados por nutridos séquitos de servidores nobles y por los invencibles ejércitos imperiales, camino hacia nuevas conquistas o para regalarse en el ameno y deleitoso valle de Tomebamba. Hasta Andamarca llegó el infausto hijo del Sol, Huáscar Inca, prisionero de los generales del usurpador Atahualpa, y ahí fue muerto ignominiosamente y su cuerpo arrojado a las aguas del río que perpetuó su nombre. La muerte del legítimo sucesor de los Incas, ocurría al momento en que hombres extraños venidos de lejanas tierras, caminaban ya por el suelo de sus ilustres antepasados. Posteriormente, llegan a ese rincón de los Andes: Hernando Pizarro, primero, y Francisco Pizarro, después. El uno de paso al templo de Pachacámac y el otro, con su hueste triunfante, rumbo al Cuzco, corazón del Tahuantinsuyo. Fúndase muy pronto sobre el villorrio indígena, la ciudad española de Pallasca, poniéndola bajo la advocación patronal de San Juan Bautista. Desde entonces también, los curas y misioneros levantan una iglesia y convento para desde allí apurar la conversión de los naturales.